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Hace unos días
las declaraciones de Fito Paez diciendo que le daban asco los
votantes porteños de Macri, causó un gran revuelo en la opinión
pública. La verdad es que, más allá de la evaluación que nos
puedan merecer dichas declaraciones, lo cierto es que el "asco"
de unos hacia otros, parece ser una realidad bastante arraigada
en nuestra cultura política. De hecho, muchos de los que se
rasgaron las vestiduras por las expresiones del artista,
manifestaron en reiteradas oportunidades su propio asco hacia
quienes no pensaban o sentían como ellos.
En realidad estos rechazos emocionales colectivos de una parte
de nosotros mismos hacia la otra parte y viceversa, es algo que
tiene una historia bicentenaria en nuestro país. No olvidemos
que hacia mediados del siglo XIX la elite portuaria se fundó en
el principio de "civilización o barbarie" para organizar el
país. Un principio que implicaba algo más que asco y desprecio
hacia los gauchos y los indios; implicaba su aniquilación física
y social. Y esta marca de nuestros primeros años de vida se
repitió una y otra vez en el devenir colectivo de la nación bajo
distintas formas. Yrigoyenistas y antiyrigoyenistas al inicio
del siglo XX, peronistas y antiperonistas de mitad del siglo XX
en adelante, sin olvidar, claro, la guerrilla y el terrorismo de
estado que, como dije, fueron mucho más allá del asco de unos
hacia otros.
De manera que las mencionadas declaraciones y
contradeclaraciones no son otra cosa que la expresión de una
seria dificultad que tenemos los argentinos para convivir entre
nosotros. En este sentido la frase de Shumway según la cual "…
la sociedad argentina desde los primeros días de la
Independencia pareció haber sido construida sobre una fisura
sísmica…. como si la Argentina no fuera un país, sino dos, ambos
llenos de suspicacia hacia el otro, pero destinados a compartir
el mismo territorio" parece describir bastante bien este serio
problema. Un problema que debemos enfrentar y solucionar
apelando a la madurez y la experiencia colectiva que, como
sociedad con 200 años de vida en común, ya deberíamos adquirir.
De hecho la participación multitudinaria en la celebración del
Bicentenario, puso de manifiesto esta madurez que empezamos a
alcanzar como conjunto social. Cosa que la dirigencia política
parece no haber captado. Los unos tratando de adjudicarse como
propia una inmensa manifestación pacífica y espontánea de la
ciudadanía en torno a su identidad histórica, los otros tratando
de que fracase, aislándose en el Colón y proclamando que la
presencia presidencial en él sería indeseable.
El hartazgo de la población ante la ausencia de una convivencia
pacífica y constructiva a nivel dirigencial y la percepción de
que para dicha dirigencia resultan más importantes sus luchas
que el bien del conjunto, resultan evidentes. Ciertamente la
demanda ciudadana por una convivencia pacífica y constructiva de
la dirigencia, no implica que no haya conflictos y diferencias.
Implica que la forma en que se traten, procesen y resuelvan esos
conflictos y diferencias, no sea la eliminación del "otro", la
crítica fundamentalista destructiva y la demolición práctica de
todo lo que se hizo.
La superación de esta grave dificultad para convivir que hoy,
promovida desde la dirigencia, se incorpora y afecta a todos los
argentinos, no es sencilla. Pero resulta imprescindible. De lo
contrario estaremos determinados a seguir moviéndonos como un
péndulo de un extremo al otro. Destruyendo sistemáticamente todo
lo que construyeron "los otros". Acentuando nuestra incapacidad
colectiva para acumular logros comunes. Impidiendo contar con
una orientación y sentido de dirección colectiva que nos
contenga a todos, más allá e incluso aprovechando nuestras
diferencias.
La clave inicial para empezar a resolver este problema, pasa por
desarrollar una conciencia y unas prácticas políticas colectivas
fundadas en la aceptación de que todos – y cuando digo todos,
digo todos – pertenecemos a un solo y mismo país; el único que
tenemos. Este principio de pertenencia inclusiva a una sociedad
común, implica superar el viejo principio excluyente de
civilización o barbarie que, bajo distintas modalidades y en
distintos sentidos, todavía rige nuestras conductas políticas
colectivas.
Sólo a partir de la aceptación de este nuevo principio podemos
comenzar a buscar y encontrar coincidencias a través de las
cuales mantener y mejorar lo que hicieron "los otros", acumular
logros y contar con un sentido de dirección común para nuestra
sociedad.
Es con este espíritu que el Movimiento Comunero – en el limitado
pero significativo ámbito de la Ciudad de Buenos Aires – afirma
en su documento fundacional: "Somos concientes que no todos los
vecinos proponemos los mismos caminos para lograr lo que, como
sociedad, necesitamos; pero también estamos convencidos que esas
diversidades pueden enriquecerse mutuamente, en el marco del
bien superior al que aspiramos: una ciudad integrada en la cual
podamos convivir digna, pacífica y constructivamente entre
nosotros"
En línea con este espíritu, la formación de los Consejos
Comunales autoconvocados promovidos por los comuneros desde el
año 2008, en tanto organismos participativos fundados en el
desarrollo de coincidencias y consensos vecinales, son una
muestra de que este cambio es posible y beneficioso para todos.
En esta trascendente transformación cultural, la actitud de
respeto, adhesión y dedicación de los Juntistas Comunales
elegidos, a la concreción de los consensos vecinales, pondrá de
manifiesto hasta que punto y en qué medida la dirigencia
política de la ciudad acepta y se suma a este cambio, o prefiere
abroquelarse en las viejas formas de hacer política por todos
conocidas.
Carlos Wilkinson
MOVIMIENTO COMUNERO |