13 de Febrero de 2016

Globos en la plaza Balcarce

Después de leer el ameno artículo sobre la Plaza Balcarce en la edición de Diciembre del diario Mi Belgrano, les acerco un cuento con ella como protagonista, ya que fue la plaza de mi infancia, hace ya casi 75 años.

Por Alberto E. Feldman

Esta plaza, situada en Av. Cabildo al 3800, limitada por las calles Manzanares, Jaramillo y Vuelta de Obligado, fue el marco donde transcurrieron mis primeros tres años de vida. Eso fue hace tanto tiempo, en ese entonces pasaba un arroyo, el Medrano, justo delante de mi casa; y en mi memoria, de la que ya empiezo a dudar, figuran botes en su cauce. Hoy, entubado, pasa por debajo de la avenida García del Río y su continuación, la avenida Comodoro Rivadavia. Escenario de mis juegos infantiles, la plaza representaba todo el mundo exterior y gracias a su cercanía, apenas una cuadra, mi madre me llevaba allí casi todos los días.
Mis primeros recuerdos son los de un niño dando los primeros pasos, pateando una pelota con pie vacilante, descubriendo asombrado las hormigas en procesión con su carga de hojitas o poniendo incómodos a sus padres preguntando detalles de esos cuerpos desnudos de la hermosa estatua, que todavía adorna el centro de la plaza, obra que emplazada originalmente en Villa Devoto, fue rechazada por sus vecinos, que la tacharon de indecente, y ubicada finalmente aquí en el año 1927, pensando tal vez los funcionarios municipales de la época que los vecinos de la zona eran menos prejuiciosos.

También esa Plaza de la Infancia fue el escenario de la primera frustración que registro; -Nene, ¿Qué querés una manzanita acaramelada o un globo?... –Mami, quiero la manzana y el globo, ¡ese azul!...
--No hijo, sólo una de las dos cosas; ¡mañana, la otra!... protesta, lágrimas, berrinche y revolcón; gran espectáculo delante del globero, del vendedor de pochoclo, y de numeroso público. Luego, vergüenza y armisticio: --bueno, está bien, quiero el globo…
--¡tomá nene, tomalo fuerte del piolín!...
Dos pasos, mano insegura, golpe de viento y el globo que vuela, se hace cada vez más pequeño y desaparece en el espacio, otra vez un llanto a baldazos y una terrible sensación de pérdida y fracaso…¡qué drama, compañero!…todavía lo recuerdo.

El domingo pasado, en una recorrida melancólica por las calles de la infancia, volví a recalar en la plaza Balcarce. Me senté en un banco que mira hacia la avenida Cabildo e imaginé que en la vereda de enfrente, estaba todavía la vieja herrería. Volví a oír los martillazos y a ver las chispas en la fragua y los caballos que junto a su carro esperaban turno para ser herrados.
En la misma vereda, cincuenta metros hacia el norte, cerca de donde, como brote de una rama, se desprende de Cabildo la avenida San Isidro, todavía se puede ver lo que queda del Cine Estrella, y recordé la primera película de mi vida, en ese cine, un Carlitos Chaplín engullendo vorazmente unos tallarines que muchos años después, al volver a verla, supe que eran los cordones de los zapatos del personaje. Con su magia nos hacía reír pero al mismo tiempo nos mostraba crudamente la imagen del hambre.

Sentado plácidamente, semi-dormido, me dejaba llevar por estas cavilaciones, cuando por sobre el ruido del tránsito, muy suave, muy dulcemente, una voz casi olvidada, me preguntó, al tiempo que alguien me besaba en la frente: – nene, ¿este globo es el tuyo?. Sin pensarlo, entre sueños, le dije: -si, mamá, muchas gracias…y abrí los ojos. No había nadie en las cercanías, sólo un globo azul en mi regazo.