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07 de Enero de 2010

El chico que fue a Barrancas a esperar a los Reyes Magos

El jueves 7 de Enero, un día después del día de Reyes, repartimos juguetes a los chicos del Comedor. No lo hicimos el 6 porque ese día no nos tocaba atender el comedor.

Los juguetes, clasificados por edad y género y envueltos para regalo en los días previos por los voluntarios de nuestra olla, fueron donados por innumerables amigos del comedor que siempre nos acompañan con su generosa ayuda y estímulo en todo lo que intentamos realizar.

Enterados los padres que íbamos a repartir juguetes a los chicos se vinieron con toda la familia, colmando todos los espacios del clásico gomero que techa a nuestro comedor. Tanta gente se juntó que nuestra comida alcanzó para un poco más de la mitad. Tuvimos que complementar con pan dulce, frutas y algunas golosinas.

El momento del reparto de juguetes no estuvo exento de esa cuota de caos maravilloso que generan los chicos a la hora de reclamar el sagrado derecho que tienen a disfrutar de un juguete, como cualquier chico, pero aumentado por la escasez de oportunidades que ellos tienen para acceder al mismo.

Por suerte, los regalos alcanzaron para todos y muchos de ellos tuvieron el gesto poco común de agradecer que nos acordáramos de ellos.

Pero hubo un hecho aislado, en el que estuve involucrado y que es lo que más me impresionó. Cuando promediaba la cena y faltaban unos minutos para el reparto de los regalos un chico, de unos siete u ocho años, me agarró de un brazo y me alejó de algunas personas que me rodeaban como buscando cierta privacidad y me preguntó si era cierto que vendrían los Reyes Magos al comedor, tal como le habían informado. Confieso que me sentí descolocado. No supe qué contestarle. Temí desilusionarlo al verlo tan inocente pero tampoco quería engañarlo. Como primera respuesta y como para tranquilizarlo le dije que en un rato recibiría su regalo. Pero el chiquito volvió a preguntarme por qué lado del comedor entrarían los Reyes, señalando con un gesto de su mano derecha los distintos accesos posibles. Quería ser el primero en verlos, me dijo.
Entonces no tuve más remedio que inventar una respuesta (una mentira, diría) para no sacarlo de esa fantasía que lo hacía tan vulnerable, a la vez que lo hacía acreedor de toda la ternura que fuera posible. Se me ocurrió decirle que a los Reyes Magos se los llama así porque son magos. Y los magos tienen la magia de hacerse invisibles. Para reafirmar mi espantosa tesis tuve que asegurarle que yo, que soy viejo, que viví muchos años, nunca los había podido ver. Pero que, cuando era chico como él, igualmente me trajeron juguetes, sin que los pudiera ver.

Sé que mi amiguito y confidente no quedó del todo satisfecho. Lo noté en su cara. Me tocó sumarle al cúmulo de frustraciones que ya había sufrido en su vida y a las que deberá soportar si su suerte no se modifica, una más.
No sé qué dirá la psicología frente a esta descripción de los hechos. Tampoco sé qué opinión tendrán al respecto los eventuales lectores de esta anécdota de Reyes y especialmente mis compañeros de la Olla. Pero sí quiero compartirla con todos para que me ayuden a estar mejor preparado si se produce una contingencia similar en otra ocasión.
Al término de la entrega de los juguetes, observé que mi amiguito jugaba con un autito y me pareció que estaba feliz. Eso me tranquilizó.

También fueron varios los chicos que empezaron a jugar con sus regalos y hasta se me ocurrió que algo de magia se había producido en el gomero, con reyes o sin reyes.

Todo el esfuerzo en preparar los regalos, toda la generosidad de quienes los donaron, todo el AMOR que pusieron TODOS hicieron que los chicos del comedor tuvieran un momento de alegría, que mucha falta les hace. Y eso es bueno.
Gracias a todos!

Carlos M. Durañona

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