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El jueves 7 de Enero, un día después
del día de Reyes, repartimos juguetes a los chicos del Comedor.
No lo hicimos el 6 porque ese día no nos tocaba atender el
comedor.
Los juguetes, clasificados por edad y género y envueltos para
regalo en los días previos por los voluntarios de nuestra olla,
fueron donados por innumerables amigos del comedor que siempre
nos acompañan con su generosa ayuda y estímulo en todo lo que
intentamos realizar.
Enterados los padres que íbamos a repartir juguetes a los chicos
se vinieron con toda la familia, colmando todos los espacios del
clásico gomero que techa a nuestro comedor. Tanta gente se juntó
que nuestra comida alcanzó para un poco más de la mitad. Tuvimos
que complementar con pan dulce, frutas y algunas golosinas.
El momento del reparto de juguetes no estuvo exento de esa cuota
de caos maravilloso que generan los chicos a la hora de reclamar
el sagrado derecho que tienen a disfrutar de un juguete, como
cualquier chico, pero aumentado por la escasez de oportunidades
que ellos tienen para acceder al mismo.
Por suerte, los regalos alcanzaron para todos y muchos de ellos
tuvieron el gesto poco común de agradecer que nos acordáramos de
ellos.
Pero hubo un hecho aislado, en el que estuve involucrado y que
es lo que más me impresionó. Cuando promediaba la cena y
faltaban unos minutos para el reparto de los regalos un chico,
de unos siete u ocho años, me agarró de un brazo y me alejó de
algunas personas que me rodeaban como buscando cierta privacidad
y me preguntó si era cierto que vendrían los Reyes Magos al
comedor, tal como le habían informado. Confieso que me sentí
descolocado. No supe qué contestarle. Temí desilusionarlo al
verlo tan inocente pero tampoco quería engañarlo. Como primera
respuesta y como para tranquilizarlo le dije que en un rato
recibiría su regalo. Pero el chiquito volvió a preguntarme por
qué lado del comedor entrarían los Reyes, señalando con un gesto
de su mano derecha los distintos accesos posibles. Quería ser el
primero en verlos, me dijo.
Entonces no tuve más remedio que inventar una respuesta (una
mentira, diría) para no sacarlo de esa fantasía que lo hacía tan
vulnerable, a la vez que lo hacía acreedor de toda la ternura
que fuera posible. Se me ocurrió decirle que a los Reyes Magos
se los llama así porque son magos. Y los magos tienen la magia
de hacerse invisibles. Para reafirmar mi espantosa tesis tuve
que asegurarle que yo, que soy viejo, que viví muchos años,
nunca los había podido ver. Pero que, cuando era chico como él,
igualmente me trajeron juguetes, sin que los pudiera ver.
Sé que mi amiguito y confidente no quedó del todo satisfecho. Lo
noté en su cara. Me tocó sumarle al cúmulo de frustraciones que
ya había sufrido en su vida y a las que deberá soportar si su
suerte no se modifica, una más.
No sé qué dirá la psicología frente a esta descripción de los
hechos. Tampoco sé qué opinión tendrán al respecto los
eventuales lectores de esta anécdota de Reyes y especialmente
mis compañeros de la Olla. Pero sí quiero compartirla con todos
para que me ayuden a estar mejor preparado si se produce una
contingencia similar en otra ocasión.
Al término de la entrega de los juguetes, observé que mi
amiguito jugaba con un autito y me pareció que estaba feliz. Eso
me tranquilizó.
También fueron varios los chicos que empezaron a jugar con sus
regalos y hasta se me ocurrió que algo de magia se había
producido en el gomero, con reyes o sin reyes.
Todo el esfuerzo en preparar los regalos, toda la generosidad de
quienes los donaron, todo el AMOR que pusieron TODOS hicieron
que los chicos del comedor tuvieran un momento de alegría, que
mucha falta les hace. Y eso es bueno.
Gracias a todos!
Carlos M. Durañona
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