17 de Abril de 2016

Conflictos de tránsito y autodominio mental

Para tener una mayor seguridad al conducir, debemos APRENDER a no agredir y a no responder agresiones generadas por otros conductores, el desafío es controlar nuestras conductas, incluso ante agresiones injustificadas.

Por Lalo Huber

¿Por qué al manejar un automóvil muchos nos volvemos más agresivos que en nuestra vida normal de peatones?

Una de las causas es que, al ir al volante, nos ponemos en una situación psicológica particular. Esta situación es que estamos al control de una máquina poderosa, lo cual nos hace sentir poderosos, pero, al mismo tiempo, somos continuamente obstaculizados desde el entorno. Es decir, al ir al volante sentimos la potencia de lo que manejamos, y vemos la posibilidad de avanzar a altas velocidades, pero a la vez experimentamos todo tipo de frenos desde el entorno, originados en otros conductores que van muy lento, o que bloquean el paso, o en semáforos que parecen eternamente en rojo, o conductores distraídos que nos complican con maniobras extrañas, o famosos “domingueros” que nos impiden aprovechar la onda verde, entre otros.

En suma, sentimos que podríamos avanzar a 150 km por hora y llegar a destino en tiempo récord, pero el entorno nos hace ir mucho más lento, y a veces avanzar a paso de hombre por varios kilómetros, o hasta incluso quedarnos detenidos horas por un piquete. Esta combinación de eventos puede ponernos literalmente “los pelos de punta”, es decir llevarnos casi al borde de un “ataque de nervios”. Dada esta situación, y como la mayoría de los conductores están en este estado psíquico complicado, es extremadamente probable que, al manejar nuestro automóvil, recibamos agresiones por motivos ínfimos. Así, al conducir, estamos en una situación de riesgo. Cada conductor en la vía pública es como un principio de incendio. Incluidos nosotros mismos.

Planteada esta situación, y si es que realmente deseamos reducir o eliminar el riesgo de conflictos serios con otros conductores, protegiendo de esta manera nuestra integridad física y la de quienes viajen con nosotros, enfrentamos un desafío doble. Por un lado debemos ser capaces de controlar nuestra propia alteración, y evitar generar agresiones. Por otro lado debemos ser capaces de NO responder a agresiones generadas por otros conductores que no lograron controlarse. En pocas palabras, el desafío es controlar nuestras conductas, incluso ante agresiones injustificadas recibidas desde personas fuera de control en el entorno.

¿Cómo podemos  controlarnos?

Para controlar nuestras conductas es preciso controlar la causa que las genera. ¿Dónde se generan nuestras conductas? Se originan en nuestra mente, en nuestros pensamientos y sentimientos. Particularmente, nuestras conductas agresivas, las más comunes en altercados de tránsito, se generan a partir de emociones negativas, concretamente de la ira, generada a partir de nuestro sentimiento de impotencia, y a veces agravada por una agresión externa.

Así, el desafió central que enfrentamos, si realmente queremos hacer nuestra vida más pacífica y libre de conflictos, tanto al volante como en cualquier otra situación, es el de controlar nuestras emociones negativas, que son las generadoras de absolutamente todas nuestras reacciones agresivas, tanto de ataque como de defensa.

Este tema se ha vuelto tan importante últimamente que ya se han difundido cursos y tratamientos especialmente orientados al control de la ira. Tal es así que hoy es común en juicios por peleas de tránsito que los acusados sean enviados a realizar cursos de Gestión de la ira.

Para estar más calmados, en momentos en que sentimos aflorar el enojo, podemos:

- Respirar lenta y profundamente, al menos 5 veces, y luego contar hasta 10, antes de reaccionar (un clásico).

- Tomar distancia por un momento de la persona con la que nos enojamos, hasta que el sentimiento se reduzca o desaparezca y podamos expresarnos con más calma.

- Utilizar el humor; si logramos bromear sobre la situación que nos afecta, el enojo se reducirá.

- Pedir tiempo para responder a una pregunta o pedido que notamos nos ha molestado.

- Visualizar un momento o lugar feliz; podría ser un bosque tranquilo, una isla solitaria, la playa preferida, u otro. Se puede combinar con ejercicios de respiración.

- Si estamos solos, llamar a alguien por teléfono para descargarnos.

- Identificar qué es lo que nos hace enojar y preguntarnos: ¿por qué este simple estímulo tiene tanto poder sobre mí? ¿estoy dispuesto a concederle tanta influencia en mi vida?

El punto es que, si no logramos controlar nuestras emociones negativas, nuestra mente puede ser fuente de innumerables reacciones agresivas, las que nos generarán todo tipo de problemas con otras personas, incluyendo peleas fuertes, que, en caso de altercados en la vía pública, bien podrían llevarnos al hospital, a la comisaría, a pagar innumerables multas, o a perder la licencia de conducir.

Por otro lado, si controlamos nuestras emociones negativas, o sea si controlamos los impulsos agresivos que se generan en nuestra mente, esta se puede transformar en una herramienta capaz de resolver cualquier situación en forma racional, pacífica y, sobretodo, segura, para nosotros y quienes nos acompañan.

Cuando controlamos la ira, y las emociones negativas en general (envidia, celos, angustia, impotencia, rencor, resentimiento, etc.), podemos actuar siempre en perfecta alineación con nuestros objetivos o necesidades, sin arriesgarnos, desviarnos ni perder tiempo.

Por ejemplo, si, camino a una importante reunión de negocios, sufrimos un leve choque, y el otro conductor se baja totalmente descontrolado a increparnos, ¿cuál sería la reacción óptima? Recordemos que los accidentes son inevitables, pero el conflicto posterior no lo es.

Obviamente la reacción óptima será la que nos permita salir de la situación lo antes posible, para poder seguir camino a la reunión de negocios. Si nos descontrolamos también, con seguridad nos enredaremos en una discusión interminable o en algo mucho peor, pudiendo terminar en el hospital, el cirujano dental o la cárcel, y, desde ya, perdiendo la oportunidad de negocio hacia la que nos dirigíamos. Si reaccionamos de manera controlada, inteligente, estratégica, racional, el asunto jamás podrá pasar a mayores. Simplemente ignoraremos la agresión, y si es necesario obtener alguna información (datos del seguro, etc) de la otra persona, simplemente la solicitaremos con la mayor amabilidad imaginable, no solo manteniéndonos calmados, sino contribuyendo a calmar a la otra persona.

La cruda realidad es que la persona emocionalmente descontrolada suele pasar su vida entera enredada en discusiones y peleas, y en consecuencia perdiendo relaciones y oportunidades valiosas, tanto en el trabajo como en la vida social.