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Hace poco más de dos
meses, con el título "Historias del Comedor", contaba como un 4
de febrero de este año casi nacía en nuestro comedor la pequeña
Ludmila. Su nacimiento se produjo apenas llegó la ambulancia que
transportó a su mamá al Hospital Pirovano, quien ya había
comenzado su trabajo de parto debajo del Gomero, que es como
decir: que iba a nacer en la calle. La calle es el domicilio de
Fabiana, el de sus otros dos hijitos y sería el de Ludmila
también.
Cuando nació sentimos que todos la habíamos parido. La sensación
de alivio y de alegría que sentimos esa noche en el Hospital,
luego de ese angustiante nacimiento, era parecido al que se
siente cuando se es padre por primera vez...al menos, así lo
sentí esa noche tan especial.
Esta mañana me llamó Lucila, que es una de los integrantes del
Merendero que funciona en la Estación Retiro, frecuentado por
Fabiana y sus hijos para decirme que el sábado pasado Ludmila
dejó para siempre la calle, que era su casa y su lugar en este
injusto mundo para volar al Cielo, que espero no tenga calles
tan crueles como las que mata a tantos hermanos olvidados en
nuestra opulenta Buenos Aires.
Este último sábado dejó esta vida mientras dormía al lado de su
madre y de una amiga de ésta. Dónde...? En una calle del Centro
de la Ciudad, de una Ciudad fría e indiferente, que mata y nadie
es responsable. Un Estado que mira para otro lado y una sociedad
que se asocia a ese Estado y terminan formando una suerte de
asociación ilícita para matar, blandiendo una letal espada: la
de la indiferencia. Esta triste historia de la Calle me llena de
dolor y de indignación. No es justo que esa inocente criatura,
merecedora de todo el afecto y consideración no haya tenido un
destino mejor. Y creo que todos tenemos un poco de culpa.
Creo que si comprendiéramos que una persona abandonada en la
calle constituye un crimen que se comete todos los días y lo
sintiéramos como si ésto le pasara a un hermano, a un familiar,
a un amigo o a un compañero llenaríamos la Plaza de Mayo
reclamando Justicia. Pero no hay ninguna plaza, no hay ninguna
calle llena de gente con ese clamor ni habrá ninguna calle que
recuerde el nombre de la inocente Ludmila.
Tampoco habrá algún poderoso o algún funcionario haciéndose
cargo de esa vida que se llevó la desidia, el desinterés y la
indiferencia de esos personajes, que si tendrán quizás una calle
que los recuerde.
Solo un consuelo nos queda a todos los que sostenemos el Comedor
de Barrancas y es que desde ahora un angelito más nos acompañará
desde el Cielo, que será su hogar y no una maldita calle como la
que la vio nacer y la hizo morir.
Carlos M. Durañona
Comedor de Barrancas
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