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16 de Abril de 2010

Una triste historia del Comedor

Hace poco más de dos meses, con el título "Historias del Comedor", contaba como un 4 de febrero de este año casi nacía en nuestro comedor la pequeña Ludmila. Su nacimiento se produjo apenas llegó la ambulancia que transportó a su mamá al Hospital Pirovano, quien ya había comenzado su trabajo de parto debajo del Gomero, que es como decir: que iba a nacer en la calle. La calle es el domicilio de Fabiana, el de sus otros dos hijitos y sería el de Ludmila también.

Cuando nació sentimos que todos la habíamos parido. La sensación de alivio y de alegría que sentimos esa noche en el Hospital, luego de ese angustiante nacimiento, era parecido al que se siente cuando se es padre por primera vez...al menos, así lo sentí esa noche tan especial.

Esta mañana me llamó Lucila, que es una de los integrantes del Merendero que funciona en la Estación Retiro, frecuentado por Fabiana y sus hijos para decirme que el sábado pasado Ludmila dejó para siempre la calle, que era su casa y su lugar en este injusto mundo para volar al Cielo, que espero no tenga calles tan crueles como las que mata a tantos hermanos olvidados en nuestra opulenta Buenos Aires.

Este último sábado dejó esta vida mientras dormía al lado de su madre y de una amiga de ésta. Dónde...? En una calle del Centro de la Ciudad, de una Ciudad fría e indiferente, que mata y nadie es responsable. Un Estado que mira para otro lado y una sociedad que se asocia a ese Estado y terminan formando una suerte de asociación ilícita para matar, blandiendo una letal espada: la de la indiferencia. Esta triste historia de la Calle me llena de dolor y de indignación. No es justo que esa inocente criatura, merecedora de todo el afecto y consideración no haya tenido un destino mejor. Y creo que todos tenemos un poco de culpa.

Creo que si comprendiéramos que una persona abandonada en la calle constituye un crimen que se comete todos los días y lo sintiéramos como si ésto le pasara a un hermano, a un familiar, a un amigo o a un compañero llenaríamos la Plaza de Mayo reclamando Justicia. Pero no hay ninguna plaza, no hay ninguna calle llena de gente con ese clamor ni habrá ninguna calle que recuerde el nombre de la inocente Ludmila.

Tampoco habrá algún poderoso o algún funcionario haciéndose cargo de esa vida que se llevó la desidia, el desinterés y la indiferencia de esos personajes, que si tendrán quizás una calle que los recuerde.

Solo un consuelo nos queda a todos los que sostenemos el Comedor de Barrancas y es que desde ahora un angelito más nos acompañará desde el Cielo, que será su hogar y no una maldita calle como la que la vio nacer y la hizo morir.

Carlos M. Durañona
Comedor de Barrancas

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