07 de Diciembre de 2016

Las pastas de Tío Mario

Por Luis Juan Koffler

De soltero, como muchos, los domingos al mediodía disfrutaba de las pastas de Tío Mario, en O’Higgins y Nuñez. Luego de novio y más tarde casado seguía disfrutando de estos sabores del domingo. Vinieron las niñas y sumé a la costumbre pasar por la plaza de la estación Núñez (dicho sea de paso, nunca volvieron a colocar hamacas) antes de asistir a la religiosa costumbre de proveerme las deliciosas pastas frescas.

El tiempo pasó y los gustos cambiaron, para una fucile, para otra ravioles de jamón y queso, y junto a mi esposa, los habituales de ricota y nuez. Y como volviendo al origen, comencé a ir solo nuevamente, las chicas crecen y ya unas señoritas, los Domingos descansan de una semana de estudios. Este año, como suele suceder, me preguntaron si quería algo en especial para el día del Padre. Les pedí que como hacía años, me acompañaran de nuevo a comprar las pastas, y orgulloso volví a recorrer esas arboladas calles rumbo al negocio del barrio que tantas veces he visitado. Celebro ese momento, cuando hoy paso y veo la vidriera tapada de diarios, no por reparación sino porque Tío Mario cerró para siempre sus puertas. Antonio (al frente de las maquinarias y el mostrador) se jubiló igual que su esposa. Los túneles de alguna forma hicieron que menos autos de Larralde y Pedraza pasaran por O’Higgins. Cerró un enorme pedazo del barrio y mi paladar lamenta esta pérdida.