12 de Mayo de 2016

Ayer nomás

Recuerdos en el barrio de Belgrano.

Por Angela Giovanett de Miguez.

Nací en Palermo, en Las Cañitas, pero en Belgrano transcurrió mi primera niñez, mi adolescencia, juventud y adultez. Es por eso, que mi historia, se centra en dos calles, Mendoza y Echeverría, con sus respectivos entornos.

Viví en Mendoza al 1600. Mi casa estaba junto al stud de mi padre. Esta zona del bajo Belgrano se caracterizaba por estar vinculada a los trabajos de caballos de carrera o a escuelas de equitación. En la esquina de casa había un almacén de barrio, que hasta tenía una huerta bien provista, que abarcaba toda la esquina de Montañeses y sobre Mendoza.
En la cuadra que era toda de casas bajas, existía un conventillo muy particular. Era una gran casona pintada de color rosa, donde frecuentemente se suscitaban grescas entre sus habitantes. En la década del 50 fue derribada y comenzó a funcionar en un gran patio, el club barrial Arribeños donde se bailaba, se jugaba al fútbol y al básquet.

En la esquina estaba el famoso vendedor de forrajes para animales de pura sangre perteneciente a don Alberto Cecatti quien, cuando comenzó el régimen de propiedad horizontal y empezaron a escasear los studs en la zona, se instaló en San Isidro y en el predio belgranense se levantó un edificio de departamentos. A la vuelta, por Arribeños había una calesita. También por Arribeños hacia Olazábal un tambo. Las vacas eran llevadas por las calles y con un jarrito de metal proveían a la gente de la calentita y espumosa leche.

Otra curiosidad era la venta callejera, los carros con elementos de cestería, plumeros, escobillones, escobas, sillones, mesitas, costureros etc, los vendedores de gallinas y pavos que iban por las calles y prendían con un largo palo provisto en la punta de un gancho, a la presa elegida por el comprador. El aprovisionamiento de pan, carnes, verduras se hacía también con carritos tirados por caballos, que visitaban las calles de los alrededores, aunque existían dos puntales para la venta de pan: “La Americana” que proveía de pan exquisito y que cocinaba en su horno ya fuera un lechón o un pavo para sus clientes y “El Clavel” donde se lucía don Alfredo Bertani con la inigualable exquisitez de sus facturas. Primeramente funcionó en Echeverría al 1500 y luego en la esquina de Juramento y la estación. También dos farmacias eran puntales en el bajo Belgrano: “La Normal” frente a la estación donde además de venta se realizaban primeros auxilios a los posibles accidentados y la farmacia “Curie” en la esquina de Montañeses y Juramento. Ésta tenía la particularidad de pasar películas para los niños en forma gratuita, en una pantalla existente en la parte superior de una de sus puertas.

Los dos ejes sociales de la zona son la Iglesia de la Inmaculada Concepción en la actual Vuelta de Obligado y Nuestra Señora de la Merced en Echeverría y Migueletes. El padre Filippo era famoso por sus disertaciones de índole política y el padre Román destacado por su actividad y acción social, fundador de la institución educativa que lleva su nombre y colaborador de la obra de la Academia Santa Teresita, actual Santa Ana junto con la hermana Josefa Coccia. El paso del tiempo hizo que estas obras crecieran con el apoyo popular. Una gruta de la virgen de Lourdes y de santa Bernardita se agregó en el patio anterior a la clausura y se inauguró la escuela primaria y secundaria. El Santa Ana, hermoso jardín orgullo de la zona, cayó bajo la piqueta en 1969 cuando se amplió la avenida del Libertador desde Monroe hasta el túnel en La Pampa. Se sacrificaron casi 18 metros del jardín a lo largo de la avenida desde Mendoza hasta casi Olazábal, que nos ofrecía el encanto de los tinajones estilo español o árabe y de las variadas especies florales, en pos de la expropiación y del progreso. Así la escuela se extendió hacia el lado de Olazábal donde se construyó el Instituto Santa Ana y San Joaquín, nivel secundario y terciario, obra de la inolvidable religiosa María Cristina Pérez Amuchástegui.

Recuerdo que cerca del año 1939 un caballo desbocado corría por la calle Blandengues, que era el nombre de la actual avenida del Libertador, calle empedrada y muy transitada sobretodo por pequeños alumnos de la escuela primaria y de la Pouponniere. Era casi el mediodía, la salida de los pequeños escolares, el caballo a todo galope, suelto, se incrustó en la inmaculada pared de la Academia Santa Teresita y en su agonía bajo el Cristo que se elevaba en la misma esquina, se lo debió sacrificar de un balazo. Hay tantas otras cosas para recordar, el “tranway” que con sus aireadas ventanillas y con el tilín-tilín del motorman nos conducía desde Núñez hasta el Centro o a Constitución. Por supuesto no existía la vorágine del tránsito actual. También nos podíamos acostar seguros porque era tanta la tranquilidad que se podía dormir con las puertas abiertas, ya que el sereno o el policía de a caballo hacía periódicas rondas por los alrededores preservando la seguridad de la zona. Cuando viví en la calle Echeverría, en la década del 40, estábamos pegados a la iglesia, y al lado funcionaba una escuela de Equitación de gran renombre. Era dirigida por el coronel Casagualda, personaje singular, con un gran sombrero mejicano (él era de esa nacionalidad) y una vestimenta de tipo militar que a veces lucía galardones en su camisa o chaqueta. Allí se citaba gente de la sociedad, esposas de cónsules o embajadores para aprender en el picadero a conducir y cabalgar los pingos que allí se cuidaban.
 
A pesar de los cambios del progreso amo mucho mi lugar; ya no tenemos el cine “Pampita” adonde concurríamos todos los chicos del barrio, ni el cine “Príncipe” ni el “Belgrano” donde las escuelas de la zona realizaban sus representaciones. Eso me recuerda la película “Cinema Paradiso” la hermosa y nostálgica película donde se abre camino el progreso, que ha hecho renacer múltiples salas y una cantidad de torres que invaden Belgrano y que han reemplazado casonas hermosas como las de Avellaneda (donde funcionó luego el restaurante Dietze y actualmente es una galería), la casa de Alsina, el edificio donde se resolvió la federalización de Buenos Aires, actualmente Museo Sarmiento, la Escuela Normal N° 10 (casa de Lucio Mansilla), la casa del escultor Rogelio Yrurtia y su esposa Correa Morales, también eximia artista; la vieja casona de Enrique Larreta, la casa de Del Casse, donde los duelistas se daban cita de honor y donde se filmó la película “La casa del ángel” y no olvidaré mencionar el Castillo Encantado en José Hernández y Vértiz de donde salían encantadoras y románticas leyendas. De los alrededores de Echeverría también surgieron notables jugadores de pelota y golfistas que se formaron en pequeñas canchitas de fútbol de Fussi, Ludueña, Campomar y otras pistas o campos. Otro hecho para recordar es el carnaval de Belgrano. Los corsos de Cabildo desde Monroe a La Pampa y que se extendían aun más allá, hasta Federico Lacroze y García del Río en la década del 30. El juego era acompañado de serpentinas, papel picado y flores. Había generosos premios para los concursantes y aquí no había excesos ni groserías.

Otras épocas, otra algarabía, otra juventud, otros edificios.