14 de Julio de 2015

Caffe Morrison por siempre

Durante 30 años, el Bar-Caffe Morrison abrió sus puertas a la magia, para que sus visitantes se sorprendan. Es que el Morrison era eso, un rincón de Buenos Aires, un rincón de lo inesperado. Donde la fantasía y la realidad, el encuentro o el desamor, podían yacer en una sola esquina.

Por Matías Cham

En Monroe 1499, durante los años 70’, un grupo de muchachos pertenecientes a la más profunda bohemia de la ciudad, juntaron unos pesos que les sirvió para abrir un bar-caffe con el fin de poder vivir y financiar sus andanzas. La apuesta era arriesgada, bien al estilo bohemio, porque esa zona de Belgrano no era de la más transitada y encima cercana a la infame villa del Bajo Belgrano, donde nació Rene Housemann, cliente vitalicio del bar.

Poco tiempo después de la apertura de Morrison la villa miseria desapareció, y cada vez eran más los melancólicos que se acercaban. Durante la semana gente sola, mirando hacia la nada, o abogados atiborrados de papales con letras de ley, acudían a tomar vino con soda, una gaseosa o whisky. Todos encontraban su espacio.

Y no todos eran nobles anónimos, sino que también los había célebres y famosos que se sumaban cada tarde y cada noche a la mística de barrio que imprimía el entrañable Morrison.

Como Norberto “el Beto” Alonso, campeón mundial con la selección Argentina, gloria de River Plate y uno de los máximos estandartes del deporte nacional, que desde mediados de los 80’ supo ser habitué del bar. Venía con amigos, representantes de fútbol y en el último tiempo con sus nietos, a quienes les compraba un vaso de fanta naranja, que en la mayoría de las veces los dueños del bar le obsequiaban gentilmente en agradecimiento a tanta alegría deportiva que regaló el Beto.

Como Luis Alberto Spinetta, vecino del barrio, que se pasó toda una tarde de otoño “escribiendo poemas” (palabras textuales del mozo), en el año 1984. Los poemas nunca fueron públicados y Luis Alberto nunca volvió, pero selló a fuego la historia del bar.

Morrison nunca fue un bar multitudinario, siempre había una mesa libre que invitaba a sentarse. No era un lugar para abarrotarse y aturdirse, era un lugar para sentir y sentirse. El apogeo de convocatoria fue en los años 90’, durante las épicas noches de boxeo. Cuando Mike Tyson mordió la oreja de Hollifield, un grito tan fuerte de los clientes de Morrison se hizo sentir hasta en lo más alto de las torres de Barrancas de Belgrano. Fueron noches que nadie olvida fácilmente.

Así era Morrison. El descuidado Morrison, el fuera de moda Morrison, el poco aggiornado Morrison, el improvisado Morrison. El inolvidable Morrison. En un tiempo donde la eficacia de las grandes cadenas nos sacude, Morrison era un dejo de poesía, intransigencia, coraje e historia porteña que jamás debimos perder. En una ciudad donde las palabras se las lleva el viento y la historia son escombros, somos muchos los locos soñadores que recordaremos a este bar-caffe como la leyenda que fue.

Monroe 1499, Caffe Morrison. Por siempre.