La estación de Subte más grande de la ciudad

Alberto Minograbel: La historia de un vecino común.

Capítulo I

Todos tienen sus historias, unas son reales, otras están deformadas por el olvido en el paso del tiempo y algunas son inventadas. Esta es la historia de Alberto Minograbel, un joven porteño que vivía con sus padres, desde que nació, en una modesta casa del barrio de Núñez.

Al cumplir 18 años, “El Beto”, como le decían sus amigos, comenzó a trabajar de mozo en un bar ubicado sobre la calle Juramento, a metros de Av. Cabildo. A diario llegaba a su lugar de empleo en una Bici impecable que le habían regalado. Todos los mediodías, su función era llevar los pedidos para el almuerzo a las oficinas y comercios de la zona. Su reparto siempre se demoraba en el mismo lugar y a la misma hora en un negocio de ropa. Allí lo recibía Lucía, una morocha de ojos cafés, que siempre pedía una ensalada. Su sonrisa, delicadeza y simpatía, habían captado la atención del corazón de Alberto. Todos los días, se peinaba antes de ir y pensaba algo original para decir, pero al llegar, los nervios lo traicionaban y apenas si lograba balbucear unas palabras hilvanando una oración, sin mucho atractivo.

Un día del mes de Junio de 1999, sucedió algo inesperado. El barrio estaba conmocionado, porque se inauguraba la estación Juramento del Subte D, el entonces Jefe de Gobierno, Fernando de La Rua, acudió al lugar y muchos vecinos se hicieron presentes. La nueva estación era la más grande y moderna de la ciudad, con una superficie total de 2.300 metros cuadrados, cuatro bocas de acceso con escaleras mecánicas instaladas en todas las esquinas de Cabildo y Juramento, dos ascensores para discapacitados que permiten acceder a los andenes y uno para bajar desde la vereda a la estación.

Alberto, no podía faltar en un evento de semejante envergadura, y se acercó para chusmear. Justo a su derecha, se paró una morocha. Cuando giró para mirarla, se dio cuenta de que era Lucía e intercambiaron un tímido saludo. El acto inaugural finalizó con la promesa de los funcionarios de que a principios del año 2000, se estaría inaugurando la siguiente estación en Congreso. Antes de irse, Alberto que siempre llevaba una birome en su bolsillo, por si las moscas, le pidió el número de teléfono a Lucía, quien le respondió: “te paso el de mi vecina, porque el de mi casa no funciona hace varios meses”. Alberto que no tenía un papel, escribió el número en su mano. Luego se despidieron y cada uno siguió su camino, mientras De La Rúa se retiraba erguido como si fuera un prócer victorioso que vuelve a su hogar tras una batalla ganada.

¿Qué pasará entre Alberto y Lucía? ¿Podrán los pasajeros subir al subte en la estación Palermo en las horas pico? ¿Funcionarán los ascensores y las escaleras mecánicas de la estación Juramento? ¿Se inaugurará la estación Congreso a principios del año 2000? ¿Algún día llegará el Subte hasta la General Paz? Esta historia continuará en la próxima edición de Mi Belgrano, ¡No te la pierdas!

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