Belgrano es uno de los barrios más pujantes y desarrollados de Buenos Aires desde el plano económico, comercial, cultural, artístico y gastronómico. Pero no escapa a una realidad que atraviesa a la ciudad y al país. Dentro de la comuna hay un noble lugar que ayuda a los más vulnerables desde hace 18 años: el Comedor de Barrancas. Allí, junto al Gomero, todos los días se le brinda contención, afecto y un plato de comida caliente a gente de escasos recursos que vienen de diversos puntos. Mi Belgrano dialogó con Carlos Durañona, referente del comedor.

¿Qué es el Gomero de Barrancas?

El Gomero es un árbol muy antiguo y señero en el barrio, aunque muchos no lo conocen.  Durante un tiempo prolongado muchos lo llamaban “El Ombú”, hasta el día de hoy algunos lo siguen llamando así. Dentro de la generalización de las plantas es un Ficus. Pero la discusión durante un largo periodo fue entre los que decían que era una Magnolia y quienes sosteníamos que era un Gomero que es una de las variaciones del Ficus. Una señora fue al Jardín Botánico con una hoja del árbol para que los especialistas le dijeran de qué especie se trataba y efectivamente era un Gomero.

 ¿Cómo y cuándo nació el comedor?

En un comienzo nos dimos a conocer como el “Comedor de Barrancas” porque originariamente no nacimos en el Gomero sino al lado de la Glorieta. Ahí se concentraban los cartoneros que terminaban sus tareas. Fuimos hacia ellos en un gesto amigable para acompañarlos en una situación difícil que atravesaba el país y para que pudieran comer un plato caliente de comida. Alrededor de las 22:30 horas ellos tomaban el llamado “Tren Blanco” que los llevaba hasta Victoria y desde ahí empalmaban hacia Maquinista Savio porque en esa zona estaban los acopiadores que les compraban los cartones. Lo decidimos en una sesión de asamblea del Bajo Belgrano que hacíamos habitualmente en el club Excursionistas. Fue el 26 de junio del 2002. Si bien teníamos la idea de crear un comedor, no era una tarea sencilla porque no sabíamos de proporciones de comida.  Era mucha la gente necesitada que se aglomeraba en Barrancas, cerca de 300 personas. Porque no eran solo los cartoneros sino personas en situación de calle, además de la familia de los cartoneros. No pretendíamos resolver el problema del hambre ni de la desocupación, nuestra capacidad era muy limitada. El 1 de julio, el día que debutamos, nos encontramos con un drama que no imaginábamos. Nosotros atendíamos los lunes y ya al segundo lunes muchos voluntarios dejaron de serlo. Yo comencé en el grupo de los lunes y me acerqué a un grupito que estaba los jueves que eran dos chicas y un muchacho. Pidieron auxilio de si alguien podía darles una mano. Fui una noche a acompañarlos y vi lo precario de lo que hacían. Al segundo jueves ya llevé una olla porque no les alcanzaba para nada lo que ellos llevaban. Empecé a ir todos los jueves hasta que terminé renunciando al grupo de los lunes que estaba más armado y quedándome con el de los jueves que tenía más necesidades.

¿Por qué se instalaron en el Gomero?

Cuando vi el Gomero, me gustó porque había mesitas. Era más fácil invitar a la gente ahí. Se los comenté a las chicas y les pedí que vengan a ver el lugar. Las convencí y nos trasladamos ahí. Cuando inauguramos nos pasó algo que nos dejó en claro que ese era el lugar. Vino una señorita a dar un show de títeres para los chicos. Hacía el show con un muñeco que tenía dos ojos de vidrio y en un movimiento brusco una de las bolitas del ojo se cayó al piso y se perdió, dejando tuerto al muñeco. Los chicos se distrajeron buscando el ojo y dejaron de prestarle atención al show. Entonces me acerqué a la señorita, que no veía porque estaba detrás de una pared pequeña dando el show, y le dije que era mejor que parase por tal motivo. Una chiquita le mostró a la titiritera un fruto caído de un árbol y le preguntó si ese era el ojo. La señorita tomó el fruto y se lo apoyó en el entrecejo a la nena y le dijo: “cerrá los ojos y tratá de ver por ese tercer ojo”. La nena dijo que no veía nada y la chica le insistía en que haga el esfuerzo. Insistió tanto que la nena terminó diciendo que veía un lago con patos de distintos colores. Automáticamente que la nena dijo eso, se formó una fila con todos los demás chiquitos que tomaron uno de los tantos frutos tirados que había para hacer la prueba. Y todos los chicos lograban ver el lago y los patos y más cosas. Se pusieron en la cola las madres y nosotros mismos. Todos caímos en una especie de ensueño, en un cuento de hadas que nadie nos estaba contando sino que estábamos participando de él. Cuando terminó todo nos fuimos con el grupo a una pizzería de Juramento. Nos sentamos y ninguno tenía ganas de hablar. Nos tomamos todos de la mano, parecía una sesión espiritista. Cerramos los ojos y cuando los abrí estábamos todos llorando. Nadie tenía ganas de comer y nos fuimos de vuelta al Gomero donde nos quedamos en silencio hasta el amanecer. Lo que nos pasó esa noche, sabíamos que no nos iba a pasar en ningún otro lugar.

 ¿Cómo fue en un comienzo el trato con los vecinos de Barrancas?

A mí me citaron de la Comuna porque según decía el jefe comunal, había recibido 450 denuncias de vecinos que me acusaban por haber traído la delincuencia al barrio. Le dije que me facilitara todas las cartas porque quería ir uno por uno a contarles y explicarles lo que estábamos haciendo con el comedor porque claramente los vecinos que hacían esas denuncias estaban mal informados. Les aclaré que yo no fui a buscar delincuentes. Algunos los llamaban “malvivientes” y eso estaba correcto, eran malvivientes porque vivían mal no porque cometieran delitos. Un día vinieron dos vecinos furiosos a quejarse porque quedaba toda sucia la zona y los invité a tomar un café a cada uno para explicarles. Les dije a los vecinos que queríamos formar ciudadanos, no delincuentes. Les expliqué que si uno le da afecto a una persona que no está acostumbrada a recibirlo, esa persona va a mirar diferente a los seres humanos.  Con los vecinos la relación cambió muchísimo, el tiempo se encargó de curar las heridas.

Habrás tenido que pasar por situaciones duras pero la vocación de ayudar es más fuerte.

Es algo vocacional. He tenido días muy difíciles, hasta recibí amenazas.  Había personas que venían a comer a disfrazados de indigentes. Nos llenamos de multas con nuestros autos por estacionar en esa zona para descargar la mercadería. Constantemente venía la policía y me tomaban los datos.  Pero hay algo que es mucho más importante que cualquier cosa que me haya podido pasar, que es lo que no entiende la gente que no es solidaria, y es la enorme satisfacción que te da sentir el afecto que te brindan aquellos a quien uno ayuda. La devolución de esas personas es más grande que lo que uno da.  Yo me siento endeudado con esa gente, a mí ellos no me deben nada.

¿Cómo se están manejando en esta etapa de cuarentena?

Hoy con la cuarentena estamos contactados a través del celular con cien familias. Les mandamos bolsones con comida para que los retiren en lugares estratégicos. Luego seguimos dando comida en las Barrancas a la gente de la calle los siete días de la semana. Yo cocino con mi esposa en mi casa de lunes a viernes y descanso sábados y domingos. Es un trabajo difícil, agotador, rutinario. Estoy todo el día pendiente y ocupado con esto. Recibimos mucha ayuda. Estamos cocinando aproximadamente para 120 personas.

El 1 de julio el comedor cumple 18 años, ¿cómo lo van a celebrar?

Lo vamos a festejar con un locro para que disfrute la gente de la calle. Va a cocinar uno de los voluntarios que es encargado de un edificio frente a las Barrancas y es el mismo que me viene a buscar las viandas que cocino con mi esposa. Repetimos una convocatoria que ya la hicimos para el 25 de mayo y tuvo un buen resultado. La gente invita a una persona en situación de calle a comer el locro pagando el plato (lo fijamos en $200). Hay quienes han invitado hasta 20 personas. Tenemos una cuenta bancaria a donde derivamos todo el dinero, somos muy claros en ese sentido. Yo jamás vi un peso del comedor.

¿Tienen ayuda del estado?

Nunca tuvimos ninguna ayuda de ningún gobierno. Eso, en parte, nos da más libertad.

En el comedor se dejan de lado las creencias religiosas, ideologías políticas y se unen con el solo objetivo de ayudar.

Es lo esencial de nuestro grupo. No tenemos reglamento, ni estatuto, ni autoridades.  Acá se dejan de lado las creencias religiosas y los pensamientos políticos. Este es un lugar para compartir y ayudar, no se habla de política ni de religión. Vienen católicos, evangélicos, judíos y budistas. El reglamento nuestro nos lo marca la persona necesitada, ellos son nuestros jefes. Cada uno va encontrando libremente su lugar dentro del grupo y cuál función quiere tener. Cada uno hace lo que siente y lo que puede. Algunos cocinan, otros buscan los alimentos, algunos se ocupan de la parte educativa, otros se inclinan por la parte médica. Es una organización que se da espontáneamente sin que nadie le tenga que decir al otro lo que tiene que hacer.

¿Quiénes colaboraron con el comedor?

Tenemos una excelente relación con Cáritas. También estamos integrados a una red que se llama “Redescubrirnos”, con más de 40 instituciones, colegios, centros médicos, hospitales y parroquias. Nos ayudan entidades de todas las religiones. Damos charlas en colegios y el mensaje de la solidaridad llega mucho en los chicos.

El comedor está cumpliendo 18 años, ¿qué sentís?

Siento como esas personas que se van de vacaciones por 15 días y se enamoran del lugar y se quedan a vivir ahí. Nosotros fuimos a Las Barrancas en el 2002 para cubrir una emergencia que atravesaba el país.  Nunca imaginé que iba a estar 18 años ahí.

No solo dan de comer, sino que brindan apoyo escolar.

Brindamos apoyo escolar y le conseguimos a los chicos útiles, guardapolvos, mochilas y el material de estudio. Todo lo necesario para que no estén en desventaja con los demás compañeros. Nos ocupamos de los chicos para que tengan un futuro y que no sean como los padres, víctimas de la pobreza estructural. A muchos padres les hemos conseguido trabajo pero no saben continuarlo en el tiempo porque no están acostumbrados y no cumplen los horarios o no van porque no tienen plata para el viaje. No queremos que sus hijos repitan esa historia de la falta de cultura del trabajo. Muchos chicos que se escolarizaron, llevaron a los padres para que también estudien. Nosotros los estimulamos.

¿Cuál es el balance que hacés de estos 18 años?

Queremos hablar a través de los resultados. Tenemos chicos que venían a comer al comedor y ahora son universitarios en bellas artes, en teatro. Es el trabajo que la sociedad no ve pero que en algún momento van a agradecer porque esas personas no van a estar con un chumbo en la mano, porque sienten que tienen posibilidades en la vida. Esa es nuestra gratificación. El que siembra amor no cosecha tempestad. Nosotros sabemos que no vamos a cambiar la realidad social, pero nuestro mínimo aporte nos deja tranquilos.

¿Qué es el Gomero en tu vida?

Tenemos una vinculación muy fuerte con el Gomero. Allí hemos vivido cosas mágicas, misteriosas y hasta diría que milagrosas. Dos compañeras que fallecieron, sus familiares decidieron que sus cenizas descansen al pie del Gomero. Y sé que lo mismo pasará conmigo cuando me vaya de este mundo.

Cuando algunos creían que todo estaba perdido, Carlos Durañona llegó para ofrecer su corazón en un lugar mágico, lleno de solidaridad y amor. Como siempre hace falta que más manos se sumen, invitamos a los vecinos que quieran colaborar con el Comedor de Barrancas a que se comuniquen a través de sus redes sociales.

Facebook: www.facebook.com/Comedorbarrancas
Instagram: www.instagram.com/comedor.barrancas.de.belgrano

@DamianGiovino

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