La depresión implica un estado de ánimo apático que se repite a lo largo de un determinado tiempo; se trata de una serie o conjunto  de manifestaciones observables que configuran una entidad clínica. Hablar de depresión puede ser complejo ya que existen diversas y variadas causas que generan este padecimiento, que desde ya será singular y único en cada sujeto.

El psicoanálisis tiene otra manera de ver y pensar a la depresión. Por un lado se considera que es un síntoma dentro de una estructura clínica inconsciente, es decir, que es parte de esa estructura, y no el todo de la misma. Podemos pensar entonces que podría haber síntomas depresivos en diferentes tipos de estructuras, tanto neuróticas (obsesivas, histéricas, psicosomáticas, etc), como psicóticas. Este síntoma sólo se instala en una de estas estructuras cuando: al indagar en la historia del sujeto, conocemos que existe  <un predominio> del vínculo de odio con un objeto.  Luego ese odio deviene en odio propio que además se asocia a una experiencia de fracaso, y sumado a todo lo anterior, el sujeto expresa su pérdida de esperanza, no ve un posible cambio de estado.

Jacques Lacan al hacer mención a la tristeza y al cuadro depresivo, los equipara a  la idea de cobardía o falta moral. El consideraba que esto se trataba de una falta simbólica, en tanto renuncia del sujeto que cede en su deseo frente al goce, teniendo como consecuencia más visible, el estado depresivo, ese desinterés por todas las cosas del mundo, que en definitiva implica un no querer saber de eso, y allí ubica a la cobardía. Al plantearlo de esta manera, podríamos inferir también que además de cobardía habría una detención –o inhibición-  y una ausencia de enunciación: el sujeto en su desinterés generalizado por el mundo y lo que éste implica, renuncia a todo lo que respecta a él, incluyendo al decir.

En la dirección de la cura, ya en el consultorio, el analista frente a ese sujeto que se queja y desespera por aquel injusto destino y por aquello que ¿lo excluye del mundo?, podrá producir una rectificación subjetiva, es decir, algo que permita a ese sujeto hacerse responsable por esas elecciones y consecuencias –de goce-  y así pasar de la queja –y de lo depresivo de ésta- al síntoma. De esta manera se podrán abrir cuestionamientos sobre la causa y la satisfacción anterior, generando una renovación de cierto deseo, a la vez que ese estado pasivo y de letargo mortificante tan típico de la  depresión, disminuye, para así entonces llegar a otra posición u otro modo de goce, diverso a la tristeza y a la pérdida de esperanza, y que partirá desde la ahora posible palabra a enunciar.

Por Marianela Santillán, licenciada en Psicología (UBA) M.N 60294 con atención virtual, y presencial en Belgrano.

https://marianelasantillan.com/psicologa-belgrano

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