Un 22 de Noviembre, el día de la Música, Daniela despertó temprano por la mañana en su departamento del barrio de Belgrano. Desayunó, se cambió, y salió a caminar persiguiendo una melodía que se escuchaba a lo lejos.

Comenzó su recorrido por la calle Conesa y a media cuadra de Monroe pudo distinguir una canción que decía: “Catalina tenía la rutina, del eterno crepúsculo en la piel…”. Buscó de donde venía esa música pero solo vio un edificio ocupando el lugar de aquella casona ubicada en Conesa 2563 (demolida en 1972) donde Miguel Cantilo y Jorge Durietz, más conocidos como Pedro y Pablo, tenían una sala de ensayo.

Continuó su caminata y por la Av. Cabildo vio a varios pequeños durmiendo en la vereda mientras escuchó una canción de Pedro Aznar (vecino del barrio de Belgrano) cuya letra decía: “Los chicos de la calle. Dónde viven, nadie sabe. Sus historias nunca nadie guardará. Con el viento volarán”.

Al llegar a las Barrancas de Belgrano, revivió un recital de Spinetta en el año 1986. Cabe recordar que el flaco vivió en Arribeños entre Congreso y Quesada. Su casa familiar era parte de un típico PH barrial con pasillo y varias viviendas, pero la suya era la primera, y daba a la calle. Cuando Luis y sus compañeros tocaban allí, el tifón se escuchaba en toda la cuadra. No había timbre, los vecinos se limitaban a golpear la puerta con los puños, sin resultado: adentro, nadie se enteraba de nada.

En Victorino de la Plaza y Barilari a pasos del estadio Monumental, escuchó: “Me verás volar, por la ciudad de la furia. Donde nadie sabe de mí, y yo soy parte de todos. Nada cambiará, con un aviso de curva. En sus caras veo el temor, ya no hay fábulas. En la ciudad de la furia”, justo cuando estaba pasando por la “Esquina Soda Stereo”. Allí, una placa identifica la casa donde nació la banda integrada por Gustavo Cerati, Charly Alberti y Zeta Bosio en el año 1982.

Al pasar por la cancha de River, resonaron las melodías del recordado recital de Seru Giran en el año 1992.

Finalizó su caminata en el día de la música, buscando aquel Caserón de tejas del Vals escrito por Cátulo Castillo en 1941, pero no sabemos si pudo encontrarlo.

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